El gobierno de Israel ha dado un paso firme en la defensa de su existencia y su historia: la aprobación de 19 nuevos asentamientos en Judea y Samaria (mal llamada «Cisjordania» por la prensa progresista). Como era de esperar, la «comunidad internacional» —ese eufemismo para la burocracia globalista de la ONU y la Unión Europea— ha estallado en críticas, rasgándose las vestiduras por lo que llaman un obstáculo para la «solución de dos Estados».
Sin embargo, para quienes observamos la realidad desde los principios del Orden, la Tradición y la Realpolitik, la decisión de Israel no es una provocación, sino un acto legítimo de afirmación nacional. Israel no está «ocupando» tierra extraña; está restaurando la civilización en su cuna histórica y construyendo un muro de contención contra la barbarie.
La Mentira de la «Ocupación» y la Verdad de la Oikophilia
La narrativa de la izquierda se basa en el lenguaje manipulado. Hablan de «territorios ocupados» para deslegitimar el vínculo milenario del pueblo judío con esas tierras. Aquí es vital recordar el concepto de Oikophilia (el amor al hogar) desarrollado por Roger Scruton.
Para el conservador, la tierra no es una mercancía intercambiable ni un espacio administrativo abstracto; es el suelo sagrado donde residen los antepasados y la identidad. Judea y Samaria son el corazón bíblico de Israel. Negarle a los judíos el derecho a vivir allí es un acto de antisemitismo histórico. La construcción de casas, escuelas y sinagogas en estas áreas es la máxima expresión del amor por el hogar propio frente a la presión del desarraigo cosmopolita.
La crítica internacional es un síntoma de Oikofobia: las élites occidentales odian sus propias raíces y, por extensión, odian a cualquier nación (como Israel) que tenga la valentía de defender las suyas con orgullo y hormigón.
El Suicidio de la «Solución de Dos Estados»
El argumento principal contra los asentamientos es que «matan la solución de dos Estados». ¡Y bien muerta debería estar!
Desde una perspectiva realista y de Derecha, la idea de crear un Estado palestino en el corazón de Israel es un suicidio estratégico. Ya vimos el resultado de ceder tierra por paz en Gaza: se creó un Hamastán, una base terrorista financiada por Irán dedicada al exterminio.
Julius Evola nos enseña que el Estado verdadero se funda en la Autoridad y en la capacidad de mantener el orden jerárquico. Permitir la creación de un Estado fallido, gobernado por facciones que no reconocen el derecho de Israel a existir, es una abdicación de la responsabilidad soberana. Un Estado fuerte no cede su flanco oriental a enemigos jurados bajo la promesa vacía de tratados de papel. Israel ha comprendido que la seguridad no se negocia con burócratas en Bruselas, sino que se garantiza con presencia física y control territorial.
El «Mito de la Izquierda» y el Derecho Internacional
La condena unánime de las ONGs y la ONU responde a lo que Gustavo Bueno analizó como el Mito de la Izquierda y el Fundamentalismo Democrático. Creen que la realidad política se puede moldear a base de «buenos deseos» y resoluciones que ignoran la historia.
Para la izquierda, los palestinos son el «proletariado oprimido» y Israel es el «ente colonial». Esta visión maniquea ignora que los asentamientos son, en muchos casos, islas de orden y desarrollo en medio del caos. Israel lleva la ley, la tecnología y la agricultura a zonas áridas. La izquierda prefiere ver el desierto y la miseria, siempre que estén gobernados por una «víctima» certificada, antes que ver prosperidad bajo bandera israelí.
Además, ¿qué «ley internacional» prohíbe a un pueblo construir en su tierra ancestral ganada en guerras defensivas? Es una ley inventada por mayorías automáticas en la ONU, compuestas por dictaduras que no respetan ningún derecho humano en sus propios países.
Soberanía y Destino Universal
Israel está haciendo lo que José Antonio Primo de Rivera consideraría esencial: cumplir con su Unidad de Destino. Una nación no puede vivir pidiendo perdón por existir. La construcción de estos 19 asentamientos envía un mensaje de fuerza: «Estamos aquí y no nos vamos a ir».
En un mundo occidental debilitado, donde las fronteras se disuelven y la identidad se diluye, la actitud de Israel es un faro. Nos recuerda que:
- La tierra se defiende habitándola.
- La paz es hija de la victoria y la disuasión, no de la concesión.
- La soberanía está por encima de la opinión pública global.
Israel es el muro de contención de Occidente en Oriente Medio. Cada casa construida en Judea y Samaria es un ladrillo más en la fortaleza de la civilización contra el islamismo radical. Lejos de criticar, Occidente debería tomar nota: así es como se comporta una nación que quiere sobrevivir a la historia.
La viabilidad de los «dos Estados» es una fantasía de diplomáticos de salón. La viabilidad de Israel es una necesidad moral y estratégica. Y estos asentamientos son la garantía de que esa viabilidad no será sacrificada en el altar de la corrección política.


